miércoles, 14 de marzo de 2012

"Tú florece"

Dibujo: Mirta Larcher

Tú, florece...

"Ciruelo de mi puerta, si no volviese yo,

la primavera siempre volverá...

Tú, florece"

Anónimo japonés

Dentro de la brevedad de este poema hay tanta hermosura que conmueve. Me parece de esos chispazos geniales que dicen tanto con tan pocas palabras.

Aparece como cita en un cuento de Haroldo Conti “La balada del álamo Carolina”, una joya, una obra maestra de este autor argentino.

Si uno analiza detenidamente el fragmento anónimo del epígrafe podemos ver que:1) refleja lo efímero del ser y la realidad de nuestra fragilidad… “Ciruelo de mi puerta/si no volviese yo…”; 2) la relación de sentimiento, de afecto: es mi árbol, un ser vivo, no una cosa (yo lo comparo con el jacarandá y los fresnos del frente de mi casa y sé qué distintos los siente uno); 3) “…la primavera siempre volverá. Tú, florece”.

Podemos sentir esa sabiduría contundente –tan oriental- del deber de seguir los dictados naturales, y de cumplir con ese deber.

La fuerza de la tierra, los ciclos que se repiten desde hace miles de millones de años (fuera del alcance de la prepotencia humana) y a los que se adaptan las plantas y los animales, me inspiran un profundo respeto. Hay en ellos una memoria universal que reconocen y a la que responden con infinita sabiduría ¡Y nosotros que nos jactamos del raciocinio, somos los que deberíamos aprender de ellos sobre todo en su conciencia de grupo y pertenencia!

Además está la cuestión del Ser: “Tú, florece” –como si dijera “Sé tú mismo”, así como lo enseñó Buda, como también lo vemos en otras filosofías. Sentirse integrado a la naturaleza, ya que somos partículas en la inmensidad del cosmos, y como el árbol y cada cosa viva, somos parte del Todo.

A esta altura cualquiera se dará cuenta de que tengo una particular debilidad por los árboles, y al leer el cuento de Haroldo Conti se me ocurrió consultar en mis libros de poemas las veces que menciono el árbol o me comparo con ellos… y lo encontré muchísimas veces. Incluso uno se titula: “Como los árboles” –y me refiero a ellos como personajes de la cuadra donde vivo-

Curiosamente mi primer libro se llama “Raíz al aire” y los primeros versos dicen: “Soy árbol nacido al final del camino/ de copa breve y raíz aérea…/”

O cuando expreso el deseo: “Si me fuera dado elegir/querría ser un árbol: jacarandá/pero con una condición:/estar siempre en flor…/ Jacarandá, eres el único árbol con un cielo propio”.

O en : “Pude ser”: “…Pude ser piedra. O árbol/ apenas quimera/ o el sueño de un hombre…” etc, Y tantas otra veces que no corresponde citar más…

Cuando uno los ha plantado y visto crecer son –al pasar los años-, como hijos propios, parte de nuestra historia cotidiana.

Me remito al principio, al breve poema anónimo y trato de “acomodarlo” a la vida, es decir; aunque las circunstancias se salgan del curso habitual y uno se sienta descolocado, hay que oír el mandato natural de seguir adelante… De Ser, de subsistir, de bregar… “TÚ, FLORECE”. Casi me tienta decir: amén.


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